Visibilidad no es disponibilidad

pajarita-de-papel

Meter la pata por comentarios volcados en Internet. Pifiarla por un tweet desafortunado. Todos sabemos de qué hablo, pero, ¿Qué ocurre cuando las cosas se hacen bien y nos llueven las consultas del lector 2.0 que es incapaz de diferenciar entre visibilidad y disponibilidad? Mucho se habla de la importancia de emprender, de poner en marcha algo útil y cobrarlo, pero muy pocos entienden el esfuerzo que conlleva todo ello, y sólo son capaces de ver el resultado, la punta del iceberg. Que no quede -ni en el espacio ni en el ciberespacio- ni rastro de la sangre, sudor o lágrimas vertidas en el camino.

Para muchos profesionales, el mundo virtual es un buen canal para hacer visible su trabajo, una buena herramienta de marketing low cost que además nos permite mantener un contacto cercano y directo con quienes se interesan por lo que contamos/cuentan. Visto así, la Red viene a ser un restaurante japonés donde todo lo que se cocina está a la vista de los comensales. El problema llega cuando hay quienes lo confunden con un buffet libre.

Ser accesible y transparente no implica el “gratis total” que muchos desearían. Escribir en un blog especializado o tener un perfil en Linkedln no implica que tengas que asesorar desinteresadamente a cualquiera que formule una consulta o solicite una recomendación profesional. Responder a dudas y peticiones es algo que en ocasiones hacemos de buen grado, pero no por obligación. Recordemos que quien lo hace es el mismo que crea, vende, gestiona, negocia, administra, promueve y… mil cosas más. Es un “yo me lo guiso yo me lo como” en toda regla. Poco gratificante, por cierto.

Las grandes empresas organizan un día o una semana de puertas abiertas para mostrar lo que hacen; el profesional en la Red “parece” que mantenga las puertas abiertas indefinidamente, para que cualquiera entre y disponga de lo que necesite a placer. Eso de colaborar, compartir y cooperar está muy bien… pero no da de comer. Obsérvese que todo empieza por la sílaba “co”. Pero jamás se menciona la opción de “cobrar”.

Cuando me dedicaba con más entusiasmo a la literatura, no pocos me pedían que les regalase un libro desdeñando los años de trabajo que había detrás y los diez euritos por ejemplar que a mí me cobraba mi editor (en las librerías se comercializaban a 18 euros).  Era algo que me parecía casi insultante, y no podía por menos que pensar: si tanto te gusta leerme, cómpralo, y si no te gusta, ¿para qué me lo pides? Ahora, que me dedico al coaching, todas mis amistades dan por hecho que debo ayudarles a reorganizar sus respectivas vidas por amor al arte. Ello no solo menosprecia mi trabajo, sino que devalúa nuestra amistad. No tengo claro por qué cuando ven un sombrero que les gusta entran en la tienda con ánimo de comprarlo y cuando se ofrece un servicio atractivo -me están saliendo “amigos” hasta debajo de las piedras- se sobrentiende que lo tengo que regalar. Algunos, incluso, tienen la desfachatez de decirme que así “hago prácticas”. Vamos, que me están haciendo un favor.

Queridos míos: las prácticas ya las hice antes de conseguir una titulación oficial. Es más, sin un número determinado de horas, no habría conseguido dicha titulación. Conseguirla, ya que estamos, me costó un riñón en matrículas y clases. Así que, no me hagáis más favores brindándome la oportunidad de trabajar gratis para “practicar”. ¿Acaso vosotros lo hacéis?

Anuncios
Publicado en Miscelánea

Dylan, la polémica

images

Hace tiempo que pertenezco  a un club de lectura. Como no podía ser de otra manera, hace dos días no hablamos de otra cosa que del último Premio Nóbel de literatura, mal concedido a un cantante que, como tal, es más que importante en la historia de la música del siglo XX, pero que obviamente está muy lejos de ser merecedor de un galardón que fue concebido para premiar la labor de los escritores más brillantes. Muchos de los integrantes del club se mostraron de acuerdo con la decisión del jurado; yo, obviamente, estoy en el bando de los que echan pestes. Será que yo escribo y ellos no. Será que a mí el postureo me revienta y a ellos no. Será que me gusta llevar la contraria. Por ese motivo, cuelgo aquí un sarcástico e inteligente artículo de Sánchez Dragó, que opina, en este caso, lo mismo que yo.

Eso sí, Pérez Reverte está encantado. Ya se ve ganador del próximo Grammy Latino….

“Sé que llego tarde, pues fue el pasado jueves cuando una pandilla de dinosaurios borrachuzos otorgó el Nobel de literatura a un escritor novel. Tan novel que nunca ha escrito nada fuera de unas letrillas para canciones tan cursis como un epitalamio de almanaque para chicuelas góticas y tan insulsas como su autor y sus arpegios de laringe de gato. Sí, llego tarde y cuanto se puede decir ya está dicho, pero, aun así, hay hechos tan escandalosos que no llevan fecha de caducidad. También de Hitler o de Stalin se ha escrito cuanto cabía escribir, y con todo y con eso seguimos condenándolos. Ocioso es aclarar que no equiparo a los aguardentosos mariachis de Estocolmo, patria querida, ni al mediocre guitarrista que tiene un montón de hijos y quizá haya plantado un árbol, pero que jamás ha escrito un libro, con ninguno de los dos monstruos citados. Se trata sólo de una hipérbole pedagógica. Los carcamales de la Academia sueca han incurrido en un grave insulto a la literatura y en una no menos grave falta de respeto hacia quienes de verdad, con mejor o peor fortuna, la ejercen. No es la primera vez que el jurado del Nobel hace lo que aquí denuncio, pero nunca habían llegado tan lejos. Ni siquiera cuando dieron el premio al cómico Dario Fo, que escritor de verdad no era, pero que al menos había escrito payasadas, astracanadas, diálogos y monólogos que ni pintiparados para el Club de la Comedia. Vargas Llosa y todos sus iguales vivos deberían devolver la titularidad del premio, aunque no el cheque que lo acompaña. Año tras año esos borrachines, que a nadie representan, dan su caprichoso espaldarazo a escritores segundones, tercerones, cuarterones y, por lo general, desconocidos (con razón), pero con algún que otro título de dudosa importancia en su historial. Año tras año se olvidan de los buenos escritores (Murakami, Roth, Auster, Ian McEwan, Martin Amis o, en otros tiempos, Proust, Borges, Graham Greene y Mishima), con alguna que otra rara excepción, pues equivocarse siempre es imposible, como la de Vargas Llosa, por volver a citar sólo al que ya he citado. Con Bob Dylan se entra al trapo del mundo de hoy, cuyos mimbres son la frivolidad, la superficialidad, la espectacularidad, el infantilismo y, por supuesto, el relativismo. Acábese ya esta farsa y envíese a los diplodocus del Nobel la colección de la Pleiade traducida al sueco. Pero… ¿Sabrán leer?”

Publicado en Cooltura

La Rabbia (Poema de Passolini a Marilyn Monroe)

Publicado en Cooltura

Simone de Beauvoir, la hermana mayor

tumblr_mz1walOVPR1qk8tqwo1_1280

Mi amiga Mari Angeles Cabré publica estas líneas en El País. Dentro de nada nos veremos en Sant Jordi, en Barcelona, firmando ejemplares de “Wonderwomen, 35 retratos de mujeres fascinantes” en diversos puntos de mi ciudad favorita; concretamente, en Proleg, La Impossible y la parada de Sd. Edicions  en el Paseo de Gracia. Pero, hasta entonces, no está de más repasar la vida de esta extraordinaria mujer de cuya muerte se cumplen ahora 30 años. Ahí va su artículo:

Este 14 de abril se cumplen 30 años del fallecimiento de la filósofa y escritora francesa, nacida en 1908 en el parisino bulevar Raspail, sacerdotisa del existencialismo y una de las teóricas clave del feminismo, por mucho que le duela a Hélène Cixous y a otras seguidoras del pensamiento de la diferencia, que la ningunean por verla demasiado apegada al discurso ilustrado, es decir, al feminismo de la igualdad. Y si Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft fueron nuestras abuelas y nuestra madre Virginia Woolf, a Beauvoir le cabe el honor de haberse erigido en nuestra hermana mayor. Una hermana un tanto particular, todo sea dicho, dado que cuando empezó su libro más emblemático, El segundo sexo, publicado en 1949 y hoy considerado la biblia del feminismo moderno, no anidaba aún en ella el gusanillo de la reivindicación.

Simone de Beauvoir, aquella estudiante aplicada que de vez en cuando distraía algún que otro volumen en la librería de Adrienne Monnier y que soñaba con consagrar sus días a la vida intelectual, devino feminista en el proceso de su redacción y sobre todo cuando, tras vender más de 20.000 ejemplares en una semana, constató la indignación que causaba entre algunos próceres y el agradecimiento que suscitaba entre las lectoras, que la agasajaron con un alud de correspondencia, que por cierto jamás cesó. Casi tres lustros después, en este caso al otro lado del Atlántico, se publicaba La mística de la feminidad, de Betty Friedan, que convivió en el agitado 1968 y en sus aledaños con la traducción al inglés del entonces ya mítico ensayo de Beauvoir, aunque se tratara de una versión seriamente tergiversada por un traductor inexperto que tan sólo en fechas recientes ha hallado reparación.

La autora de obras filosóficas como Para una moral de la ambigüedad, de novelas como La invitada o Los mandarines, con la que ganó en 1954 el premio Goncourt (el importe le permitió comprarse un apartamento, tras haber vivido siempre en hoteles modestos), y de libros memorialísticos como La fuerza de las cosas o Una muerte muy dulce, consagrado a su madre, halló en Jean Paul Sartre el compañero ideal para crecer vital e intelectualmente. Muchos la acusaron de excesivo apego a las ideas sartrianas, aunque la pareja jamás viviera bajo el mismo techo; sí comparten lápida en el cementerio de Montparnasse.

Pionera en hablar de la condición femenina como de una construcción cultural y, en consecuencia, pionera de los gender studies con su célebre “no se nace mujer, se llega a serlo”, que abomina de cualquier dictado de la biología, destaca sobre todo por haber predicado con el ejemplo un modelo de libertad que la llevó a gozar de “amores contingentes” que ni interfirieron en su pacto de sangre con Sartre ni tampoco en los muchos viajes de placer o políticos que hicieron juntos, incluidas la China de Mao y la Cuba de Castro. Tras algunos devaneos con el sexo femenino, convivió por ejemplo algunos años con Claude Lanzmann, notablemente más joven que ella y actual director de la revista Les Temps Modernes, cuna del existencialismo.

Siempre pronta a participar activamente de la actualidad, ya en su día la vimos salir a las calles a reivindicar el derecho a la contracepción y al aborto junto a las chicas del MLF, a quienes recibía en su propia casa algunos domingos. Tampoco eludió formular la trampa de la maternidad, uno de los muchos castigos que se infligen a la mujer en tanto que “la otra”, la distinta, que hoy la llevarían a combatir a quienes abogan por un regreso al hogar y niegan una vida plena para las mujeres al margen de la función reproductiva.

En Final de cuentas, el libro que cierra el abundante ciclo autobiográfico que comenzó con Memorias de una joven formal, escribió: “No, no hemos ganado la partida: en realidad desde 1950 no hemos ganado casi nada. La revolución social no alcanzará a resolver nuestros problemas. Estos problemas conciernen a un poco más de la mitad de la población: hoy los considero esenciales. Y me asombro de que la explotación de la mujer sea tan fácilmente aceptada”. Al igual que Borges y Rulfo, Beauvoir nos dejó en 1986 y la explotación persiste, véase la prostitución. De lo que se deduce que El segundo sexo sigue siendo un faro que alumbra en la oscuridad.

Publicado en Cooltura, Miscelánea

EDITA 2016

EDITA PUNTA 2016 CARTEL copia

 

Este año rendimos homenaje a Manolo Maciá, ese loco genial con el que compartimos más de un EDITA y cuya obra, siempre incalificable, he colgado en Agitadoras.com en más de una ocasión. Por desgracia, Manolo nos abandonó hace unos meses. Pero su huella sigue bien viva en el MAE, el Museo del Arte Extemporáneo. Que la vida no nos prive de nuestros queridos locos geniales, de su espíritu provocador y renacentista. Son tan necesarios como los científicos, los médicos, los pilotos, los bomberos y los tréboles de cuatro hojas.

Imagen | Publicado el por

El primer aminoácido

Todas las teorías acerca del origen de la vida, perfectamente confundibles con el origen del amor, me inspiran curiosidad y una compasión malsana. La curiosidad me excita, pero la compasión me deja fría. En principio, estoy dispuesta a aceptar todas las conjeturas, ya que tengo el oscuro presentimiento de que la vida – o el amor- empezó muchas veces, de mil maneras distintas, en un agónico empeño de la naturaleza por perpetuarse, por expandirse cual mancha de petróleo en un mar agitado. Sin embargo, el empeño perdió alicientes demasiado pronto: la teoría de la reproducción y la lucha de las especies le robó romanticismo al concepto- ¡Maldito Darwing!-. La vida y el amor no sólo no se parecían a nada conocido, sino que, además, no había nadie allí para desearlos. El polvo estelar y el caldo de aminoácidos necesitaron una eternidad de pruebas y fracasos (llamémoslos fallos del amor) hasta lograr engendrar la vida, y durante ese tiempo todas las teorías fueron ciertas en algún momento.

Hipótesis verdadera: al principio fue una vaga excitación, un aminoácido absurdamente excitado que comenzó a replicarse a sí mismo; de ese amor autista brotó todo el hechizo. Así las cosas, la materia deseaba contemplarse a sí misma y tener un espejo con el que dialogar, digamos un prójimo. Pero el aminoácido se replicó mal, con graves defectos debidos a la calentura y al enamoramiento, y del hermoso amino original surgieron copias horribles con aspecto de fontanero búlgaro o de crítico literario. De no haber estado tan “enamorado”, todos seríamos la copia idéntica del primer amino, y estallaríamos de loca excitación a cada paso. La vida, producto del hermaneo, sería bien distinta, pero tampoco así habría nadie para desearla. Ahí llega mi compasión. En cualquier caso es hermoso saber que la vida procede de una cadena infinita de errores, y que la pasión de la materia por la materia sólo cobra sentido cuando el sentimiento es fruto de una larga cadena de desatinos.

 

 

 

Publicado en Miscelánea

El vacío que nos da forma

A1

No puedo estar más de acuerdo con Juan Planas: la lonja luce como nunca cuando el vacío nos devuelve la arquitectura, los techos convertidos en telaraña de piedra, las paredes simples muros desnudos en los que el tiempo parece detenerse. Cuánto mejor estaría la catedral sin los pegotes de barro de Barceló, que no acierta en su intento de modernizar lo eterno. Y muchas galerías de aire zen que son intencionadamente perturbadas por el ruido de obras que sólo son fiasco. Se me hace inevitable pensar en esas casas de arquitectura intachable que se ven arruinadas por una mala elección de muebles, bibelots y tonterías. Deberían multar a los dueños. También el mal gusto debería ser pecado.
“Días atrás me topé en la Lonja con la mejor exposición que nunca había visto ahí. Se trataba del edificio absolutamente vacío y exento de todo, salvo de sí mismo, su soledad aérea de piedra, su revuelo de arcos góticos trenzando las ubres del cielo igual que proyectando una lluvia de sombras sin más objetivo que la plenitud de la humanidad reconciliándose, tal vez, consigo misma. Es bueno que los hombres y las mujeres se desnuden y, si es posible, hasta que se entrelacen, aunque sólo sea por alejarse de las luces artificiales del arte, el relente de la cultura, la exhibicionista obscenidad de las ideologías. No de algunas, de todas.
Observo la agenda de los días y recuerdo que ya es primavera y que sigo añorando un invierno que no ha sido; y pienso que el cambio climático quizá sea eso y también la simbólica hora en que el planeta debiera apagar todas sus luces y sólo apaga la de sus principales monumentos. Las últimas pruebas de su infinita arrogancia, pero también de su limitada inteligencia.
 A oscuras (y desde luego que a tientas) seguimos viéndonos igual que bajo la luz blanca de un interrogatorio suicida. En efecto. No es nada fácil descubrir quiénes somos ni, mucho menos, llegar a serlo. Confluyen el tiempo y el espacio; y de esa mezcla, tan afortunada como frágil, venimos a nacer como si fuéramos el inacabado proyecto de algún dios enloquecido, quizá, por tanta carga pasada y futura como nos obliga a soportar este escurridizo instante de ahora. Este que acaba de pasar y ya no existe”.
Publicado en Cooltura, Miscelánea